sábado, abril 09, 2011

La decisión más dificil. Manifiesto por la Democracia


Estamos a pocas horas de una elección presidencial en mi país, y me animo a escribir algunas líneas como catarsis para ayudarme a enfrentar un destino que se vislumbra incierto y ojalá, por el bien de todos, no real. Como decía, en 10 horas se iniciará en el país el proceso para elegir presidente. Ello no sería sino otro evento típico de la democracia, si es que el contexto fuera uno distinto del actual.

Hoy, mejor dicho, en unas cuantas horas, casi 20 millones de ciudadanos mayores de edad elegirán a quien esperan sea el que asuma los destinos del Perú por 5 años. Pero ojo, el problema no radica en ello, sino en la magra oferta que hoy tenemos los peruanos para elegir. No negaré que cada 5 años, desde que tengo uso de razón, pues ya llevo 36 años de vida, sucede algo similar, terminamos eligiendo a alguien que no necesariamente nos satisface ni mucho menos nos representa, sino a quien para la mayoría significa el riesgo menor.

Los "partidos" políticos, por así decirlo y en el supuesto e insólito caso que puedan alcanzar tal categoría, han destruido toda credibilidad, esperanza y deseo de participación en la política de sus electores.


Han ido mutando día a día hasta convertirse en clubes gerontócráticos que a todas luces y de forma muy circense pretenden perpetuarse en el poder por medio de su descendencia, buscando construir dinastías políticas y sosteniéndolas en promesas torpes que cada 5 años son desempolvadas para ser escaza y tristemente expuestas en los medios de comunicación. Ello ha ocasionando que el país termine en manos de gobiernos débiles, sin visión de futuro ni de nación, con una “clase” política tan, pero tan miope que no ha sido capaz de ver la necesidad de su gente, aún cuando se lo gritaban cada día en paros, huelgas, mítines, movilizaciones y otros actos que eran irresponsablemente acallados muchas veces a palos por la policía, y no porque así lo quieran quienes integran esa noble institución, sino porque así lo ordenaba el poder político.

Y esa débil democracia, cansada, anoréxica y autista, no pudo sino gestar en su interior el descontento de su población. Y ese descontento se convirtió en desesperanza, rabia y deseos de cambiar radicalmente todo, incluyendo un rumbo ya trazado por gobiernos anteriores, uno que no significaba ni representaba para sus ciudadanos beneficio directo alguno (acceso a la salud, a la educación, al trabajo, a justicia, a la seguridad, al desarrollo).

Y la política del ciego, sordo y mudo, sumados a la indiferencia, incapacidad e insensibilidad social de quienes gobernaron, terminaron por gestar un momento en la historia que, visto desde el pasado, para ser exactos, hace 10 años, era risible, impensable y hasta insultante. Y es que hace 10 años los peruanos fuimos testigos del desplome de una de las dictaduras más corruptas y sanguinarias, ignorantes, malcriadas y promiscuas de la historia. Una dictadura que no dudó en desaparecer, amordazar, aniquilar, torturar, secuestrar, quemar, robar, asaltar, violar, indultar, amnistiar, negociar, traficar, tranzar y destruir.

Es cierto que esa dictadura se sirvió del silencio de unos, del beneplácito de otros, del apoyo de muchos y la complicidad de quienes pensaron en un primer momento que tenían un aliado más en sus negocios. Y como toda dictadura, buscó siempre cubrirse con una máscara que ocultara su verdadero rostro, su cuerpo decrépito, su olor nauseabundo, la podredumbre de su alma, lo carcomido de sus huesos, la misma máscara que utilizaron las hordas hitlerianas, los gobiernos militares de Pinochet, Videla, Trujillo, entre otros, para aparecer como salvadores del país mientras miles de estudiantes, dirigentes, abogados, profesionales, políticos y todo opositor al régimen eran cruelmente desaparecidos del mapa.

Claro está que los desaparecidos siempre fueron invisibles para muchos, ya sea por su situación de pobres, por su posición política, por sus ideales, etc. Eso facilitó todo. Desaparecer a personas que ya eran invisibles era sumamente fácil. Nadie iría a decir nada, nadie reclamaría el hecho de que asesinaran a estudiantes de una universidad del interior del país, una que incluso muchos políticos no sabían que existía. Así, fuimos testigos a temprana edad de hechos execrables como La Cantuta, Barrios Altos, Pedro Huilca, etc. Y cuando ello sucedió, hubo mucho silencio, no se escucharon grandes voces gritar justicia. Sólo familiares, amigos y organizaciones pequeñas repitieron sus nombres, quizás buscando recordar a todos que esas víctimas eran reales, eran personas, eran humanos, eran como nosotros, personas con familia, con sueños, con ideales.

Fuimos forzados por la historia y por nuestra propia culpa, a vivir 11 años de oscuridad. Y cuando alguien prendió una luz, inmediatamente se iluminó todo, y pudimos ver la basura que se podría muy cerca a nosotros. Fuimos testigos de cómo se compraba, alquilaba y prostituían las conciencias de muchos. Con algo de sorpresa, íbamos comprobando lo que ya presumíamos, el nivel de corrupción al que había llegado el gobierno, un nivel que incluso invadía ámbitos por fuera del propio Estado.

En ese entonces yo era sólo un estudiante, como muchos otros, y que al igual que muchos se sintió asqueado e indignado de lo que pasaba. Y esa capacidad de indignación fue el principal mecanismo que posibilitó que junto a miles de jóvenes más, tomáramos la decisión de enfrentar esa dictadura, sin temor alguno y aún arriesgando la seguridad que teníamos, por vivir en la Capital, por provenir de una universidad particular, por no ser tan invisibles. Recuerdo ese 4 de junio de 1998 y el 11 de junio de ese mismo año. Miles de estudiantes con las manos pintadas de blanco y armados de cuadernos y lápices, ingresando de la mano a la Plaza de Armas para gritar “somos estudiantes, no somos terroristas”, “democracia sí, dictadura no”, “escucha Fujimori, Cantuta no se olvida”.

Nadie podrá negar, mucho menos los analistas políticos y representantes de los principales gremios y partidos, que esas marchas cambiaron el rumbo de la historia en nuestro país. No quiero decir con ello que sólo los estudiantes fuimos los únicos responsables de la caída de la dictadura, pero sí afirmo que fuimos una pieza vital para ese cambio. Y si alguien lo duda, puede acudir a los archivos periodísticos de esa época (La República, El Comercio, Canal N, etc.) y podrá rememorar esos históricos momentos.

Esa lucha nos ayudó a forjar nuestros ideales, nos fortaleció nuestro espíritu democrático, pudimos asumir la importancia de la defensa y promoción de los Derechos Humanos, nos hizo lo que hoy somos. Muchos de los que en ese entonces formamos la Coordinadora Estudiantil por la Democracia y los Derechos Humanos hoy participamos, de una u otra forma, en la vida social, política e institucional de nuestro país. Con visiones distintas pero complementarias, seguimos aportando nuestro trabajo con el objeto de empujar nuestro país a un futuro mejor. Sin embargo, todo eso parece que en pocas horas quedará en el olvido.

Toda esa memoria parece haber sido cubierta por la necesidad del día a día. Hoy las noticias nos dicen que los peruanos olvidamos nuestra historia, que la indignación que sentimos hace 11 años al descubrir lo corrupto y asesino de un gobierno, ha desaparecido y ahora se abre paso el absurdo, la tragicomedia.

Y es que estamos a pocas horas de ver cómo el mismo grupo que violó la constitución, que asaltó al país, que arruinó su esperanza, que desapareció, torturó y asesinó a estudiantes está a punto de conquistar nuevamente el poder. No, esto debe ser una de las pesadillas más extrañas en nuestras vidas. Debe ser quizá uno de los cuentos o relatos más bizarros de Borges o Kafka. No puede ser posible que hayamos olvidado todo de golpe.

Y es que no es fácil aceptar ser tan desalmadamente estúpidos para permitir que quien nos robó, violó y desapareció ingrese por la puerta grande a dirigir nuestras vidas. No, eso sí que no lo acepto. Y como no lo acepto, debo empezar por señalar a quienes fueron los únicos culpables de tal situación. Y aquí señalo a la “clase política”, a todos los partidos, no a uno sino a todos. Ni uno de ellos fue capaz de viabilizar los intereses de la población. Ni uno de ellos fue capaz de asumir su rol de dirigente, de gobierno, de representante. Pero también me señalo yo, y con ello a muchos de nosotros, que pensamos que bastaba con recuperar la democracia para volver a nuestras vidas como si nada hubiese pasado. Nunca debimos dejar de hacer política, nunca debimos darle un solo milímetro a la impunidad, a la indolencia, a la mediocridad. Debimos ocupar todos los espacios y no simplemente elegir a quienes ya antes habían permitido que todo ello ocurra. Pero nunca es tarde, siempre se puede hacer algo, siempre hay esperanza, cada día tiene 24 horas que nos facultan a cambiar la historia.

Por ello lanzo estas palabras como un posible y muy cercano manifiesto personal, que pretende luego convertirse en un llamado a unir esfuerzos contra toda forma de dictadura, contra un modelo que ya demostró que sabe cómo demoler la democracia u amordazar la libertad de expresión. Y por ello, vuelvo a repetir, NO señor, yo NO voto por Keiko, porque aún recuerdo La Cantuta, porque Barrios Altos no debe quedar impune, porque un grupo como Colina no debe volver jamás, porque la corrupción nos roba nuestra plata, porque tengo ideales, porque tengo dignidad, porque soy responsable, porque quiero a mi país, porque me duelen los desaparecidos, por mi familia, por mis hijos, nietos y bisnietos que en un futuro mirarán a su padre, abuelo y bisabuelo y verán en él la entereza moral para seguir construyendo un país muy grande, más grande que el que les dejaremos. Somos lo que cada día construimos, pero somos también lo que destruimos.

Hagamos algo, hay tiempo, nada está dicho. En algunas horas tomaré la decisión más difícil por el bien de la democracia.


2 Comentarios:

A la/s 3:42 a. m., Anonymous Gary dijo...

Que ironía...hay mucha gente y mucha prensa que teme a Chávez y votan por Keiko, ja ja a la hija del dictador más corrupto, ladrón y asqueroso que tuvo el Perú. Miserable que se quizo quedar en el poder eternamente, pateando su propia constitución, tumbándose todos los poderes del estado y comprando esa prensa prostituta, la misma que hoy da el grito al cielo por Ollanta. Pero el pueblo ya aprendió la lección.

 
A la/s 1:54 p. m., Blogger Dimitri Senmache Artola dijo...

Al parecer, y por desgracia, todo hace indicar que no han aprendido mucho. Que el fujimorismo quede segundo ya es una derrota para la democracia y los derechos humanos. Ahora nuestra tarea será enfrentarlos para impedir que logren su objetivo.

 

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